Ciclos Carmona. Bravo Murillo. Año 1927
A está fotografía yo la llamo “la foto fundacional”. Para mi representa el inicio de Ciclos Carmona hace casi un siglo. La foto se tomó en Mayo de 1927, unos meses después de la apertura del negocio familiar, en la calle Bravo Murillo, que por aquella poca era mas conocida como la carretera de Irún, o la mala de Francia. En ella se puede ver a mi abuelo, Don Francisco Carmona, junto al dintel de la puerta de entrada con un sombrero de verano y con la sonrisa de las grandes ocasiones. Acompañado por un nutrido grupo de ciclistas de la época; la mayoría del barrio, y casi todos pertenecientes al Club Ciclista Chamartín. El Club había sido fundado apenas unos años antes por, entre otros, mi abuelo y los hermanos Galindo.
Sesenta años después, al menos media docena de los ciclistas de aquella foto seguían viniendo con asiduidad a la tienda. Alguno de ellos, religiosamente, todos los días de año. Ni mucho menos para comprar, sino a sentarse en un banco de madera (que par tal uso estaba destinado), y a departir sobre su vida, milagros y miserias.
Yo apenas era un chaval incapaz de entender porque motivo al abrir los cierres del negocio empezaban a entrar y a ocupar el banco, o los lugares del local que consideraran, como si ese territorio les perteneciera mas a ellos que a mi mismo. Al principio pensaba si no serían fantasmas que solo yo viera, pero pronto advertí que a los clientes que entraban a comprar les resultaba del mismo modo extraño encontrarse en aquel lugar rodeados de un nutrido grupo de ancianos, que fumaban, charlaban, cantaban, o discutían… según el caso. Aquello sino fantasmagórico, al menos era una especie de agujero negro que obligaba a viajar hacia el pasado.
Nunca he establecido la cantidad. Asiduos de visita diaria -algunos cumplían la jornada laboral completa- estimo que en torno a la docena. Esporádicos, que se dejaran ver al menos una o dos veces por semana también en torno a la docena. Por último, una legión de conocidos que aparecían con cualquier pretexto y entraban a saludar y tomaban con absoluta familiaridad propiedad del lugar. La tienda no era muy grande, pero en momentos, sobre todo en los meses de invierno por la tarde, podrían llegar a juntarse hasta veinte ancianos.
-Niño, pon la calefacción mas fuerte. Que al final alguno se va a quedar pajarito.
El niño era yo. Y a mi me tocaba aguantar las quejas por el frío, por si algún día me retrasaba a la hora de abrir, o por si el baño no estaba lo suficientemente limpio.
Todos ellos, estuvieran o no en esta foto que yo llamo fundacional, pertenecen al universo que se esconde tras ella. Pertenecen a aquel tiempo, a aquel barrio, a aquella pasión por el ciclismo. A muchos de ellos he sido capaz de reconocerlos en la foto. A la mayoría les he llorado, porque me he ido enterando puntualmente de sus muertes. Y a todos les echo profundamente de menos.
Ahora que yo también camino inexorablemente hacia la jubilación, juego a imaginar que pudiera integrarme en ese mundo fantasmal donde fuera posible sentarme en aquel banco de madera y escuchar de nuevo sus vidas y rememorar junto a ellos mis miserias.
-Niño quita ese ruido y pon algo de música. O por lo menos baja el volumen, que así no hay quien hable ni quien escuche.
Y yo apagaba la radio. Mas me valía.

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